| EL TRIGO Y LA MALA HIERBA | |
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1. En Palestina crece una variedad de cizaña, la llamada “cizaña venenosa”, que es una hierba mala muy parecida al trigo. Cuando está creciendo, apenas se distingue de éste. Si hay mucha de esta hierba mala en el campo resulta peligroso escardar la cizaña antes de tiempo, porque sus raíces podrían estar enredadas bajo la tierra con las del trigo. Los campesinos acostumbran aprovechar la cizaña dejándola secar y usándola después para hacer fuego. Palestina es una tierra muy pobre en bosques y escasea el material combustible. Cuando el trigo estaba listo, se segaba con hoces y se trillaba con ayuda del ganado o de tablas de madera con dientes de pedernal en su parte inferior. Después, se aventaba el grano con horquillas de madera para separarlo de la paja. |
Aquella tarde, después de la pesca, nos reunimos todos en casa. La visita de Jesús a Cornelio, el capitán romano de Cafarnaum, nos había puesto a hervir la sangre. Durante un par de horas no habíamos hecho otra cosa que darle y darle a la lengua hablando sobre aquello. Mi padre, Zebedeo, era quien llevaba la voz cantante. Zebedeo - Déjalo, déjalo que llegue, que me va a tener que oír, qué caray, porque le voy a decir las siete cosas que nadie le dijo, porque esta vergüenza no la aguanto yo, y no la aguanto porque no me da la gana, porque no estoy dispuesto a dar cobijo en mi casa a los que van a lamer las patas a los perros romanos, que son tan perros como ellos porque apoyan sus perrerías, ¡maldita sea! Juan - Toma un poco de resuello, viejo. Vamos, cálmate. Cuando ya era noche cerrada, Jesús se asomó a la puerta... Jesús - Zebedeo... Zebedeo... ¿se puede pasar? Nadie le contestó. Jesús - Digo, si se puede entrar. Zebedeo - ¡Al diablo contigo, nazareno! Jesús - Como aquí se sabe todo, supongo que ya le habrán contado que no puse un pie en la casa del capitán. No llegué a entrar. “No he manchado mis sandalias pisando el patio de un romano”... Zebedeo - Pero, ¿qué te has creído tú, moreno del diablo? ¿Que puedes ir y venir sin que nadie te pida cuentas? ¿Es que no sabes quién es ese Mateo, publicano chupatinta? ¿Y no sabes quién es Cornelio, ese capitancito, que Satanás se ocupe de él y de todos los suyos? Llevas seis meses viviendo en Cafarnaum, ¿y no conoces todavía a esas sabandijas, eh? Dime, respóndeme. Jesús - Creo que las conozco mejor que usted, Zebedeo. Zebedeo - Mejor que yo, ¿verdad? ¡Pues vete a dormir en su guarida y a roer huesos con los traidores del pueblo! ¡Yo no doy cobijo en mi casa a los camaleones como tú que cambian de color según el palo al que se arriman! Jesús - Entonces... ¿no puedo entrar? Zebedeo - Entra, condenado, entra. No te vas a quedar ahí como un mendigo. De todas formas, ya tengo reventadas las entrañas desde el mediodía cuando ese puerco de Mateo vino a buscarte. Jesús entró en la casa y nos miró a todos. Después, se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas. Nosotros esperábamos que nos diera una explicación. Pero él no dijo nada. Zebedeo - Maldita sea, Jesús, ¿es que te has tragado la lengua? Santiago - Jesús, ponte claro: estamos todos los días aquí discutiendo qué se puede hacer para quitarnos de encima a estos romanos, y tú vas nada menos que a casa del jefe de ellos, de ese Cornelio, ¡que un rayo lo parta por mitad! Juan - Un día dices que los romanos nos tienen puesta la espada en el gañote y que las cosas tienen que cambiar, y hoy todo el barrio te ha visto junto a ese vendepatrias de Mateo yendo a visitar al romano... ¿Eh, qué pasa contigo? Zebedeo - ¡Que el infierno te trague, Jesús! ¡A ti no hay quien te entienda!… Pero, bueno, ¿es que no vas a abrir la boca? Jesús - Zebedeo, ese capitán Cornelio no es mal tipo. De veras. Santiago - ¡No será un mal tipo, caramba, pero es un romano! ¡Y eso basta! Jesús - Sí, es romano. ¿Y qué? Juan - ¿Cómo que y qué? Los romanos son nuestros enemigos. Jesús - Cornelio es romano. Nosotros somos judíos. Y los otros son griegos. ¿Y qué? De la fruta tú no te comes la cáscara, sino lo de adentro, ¿verdad? Este capitán tiene cáscara de romano. Pero hay buena fruta dentro de él. Santiago - ¡Pues ten cuidado y no te atragantes con esa fruta! Zebedeo - Pamplinas, Jesús, pamplinas. Me está pareciendo a mí que tú tienes demasiados pájaros en la mollera. ¡Si decimos que hay que acabar con los romanos, es que hay que acabar con ellos! ¡No le des más vueltas a esa hoja! Jesús - Pues mire, viejo Zebedeo, a mí lo que me está pareciendo es que a usted le va a pasar como a Tito y a Abdón. Zebedeo - ¿Qué Tito y qué Abdón? ¿Quiénes demonios son esos? Jesús - Esos eran los compañeros de Renato. Zebedeo - Pero, ¿de quién me estás hablando, cuernos? Jesús - De Renato, de un campesino que tenía una parcelita de tierra por allá, detrás de la colina de Nazaret. Cuando llegó el tiempo de las lluvias, Renato sembró todo su terreno de trigo... Mujer - ¿Qué, viejo? ¿Cansado? Renato - Sí, mujer, estoy cansado. Pero contento. Espero una buena cosecha este año, ya verás. Mujer - Podremos comprar una oveja, ¿verdad, Renato? Renato - ¿Una oveja? No una, mujer, sino cuatro. Y también una chiva. Será una buena cosecha, ya verás, ya verás. Jesús - Pero Renato tenía un vecino pendenciero que sentía mucha envidia cuando a los demás les iban las cosas bien. Y este vecino se levantó a media noche y se coló en el terreno donde Renato había sembrado el trigo. Vecino - ¡Je! Voy a sembrarle mala hierba en el campo y le estropearé la cosecha. Y después me reventaré de risa viéndole la cara al imbécil de Renato, ¡ja, ja, ja! Jesús - Y mientras todos dormían, aquel malvado se dedicó a echar semillas de cizaña en el terreno del pobre Renato.(1) A los pocos días, brotaron las semillas y la tierra comenzó a vestirse de verde con las hojitas nuevas. El trigo y la mala hierba empezaron a crecer juntos. Entonces, pasaron por allí Tito y Abdón, los compañeros de Renato, y vieron aquel desastre. Y fueron corriendo a decírselo a su amigo. Renato - ¿Qué pasa, qué pasa? Tito - ¡Abre, Renato, somos nosotros! Renato - Pero, ¿qué alboroto se traen ustedes? Abdón - ¿Te has dado cuenta, Renato? Renato - ¿Cuenta de qué? Abdón - ¡Hay mala hierba en tu parcela! Nos hemos fijado bien y está saliendo mucha cizaña. Renato - ¿Cómo? ¿Cizaña? No puede ser. Yo escogí bien la semilla. Sembré trigo de buena calidad. Tito - Pues el campo está plagado de mala hierba. Renato - ¡Demonios! ¿Quién me habrá querido hacer este daño? Abdón - Pues ya te lo puedes imaginar. El que todos conocemos. Renato - ¿Lo crees capaz de hacer una cosa así? Abdón - Pues claro, hombre. Es capaz de eso y de mucho más. Ese vecino tuyo es un malvado. Renato - ¡Me dan ganas de agarrarlo por los bigotes y...! Tito - Aguántate, Renato. Deja eso. Mira, no te preocupes. Mañana mismo venimos Abdón y yo y te echamos una mano. Entre los tres limpiaremos bien la parcela. Arrancaremos toda la cizaña que te está naciendo en el terreno, y asunto terminado. Renato - Gracias, amigos, gracias. Cuento con ustedes. Jesús - Y a la mañana siguiente... Renato - Oye, espérate, ¿qué estás arrancando tú? Deja ver. Tito - Esta hierba es cizaña, mira. Renato - No, hombre, no, eso es trigo. Tito - ¡Es cizaña, Renato, mírala bien! Renato - ¡No seas imbécil, Tito, te digo que esa hoja es de trigo! Tito - ¿Qué dices tú, Abdón? Abdón - Deja ver. No sé, es que se parecen mucho una y otra. Tito - ¡Por los callos de Abraham, te digo que esta hierba es mala, Renato! Renato - ¡Y yo te digo que es buena, Tito, y que me estás arrancando el trigo! ¡Uff! Un problema sobre otro. Aquel vecino me dañó el terreno y ahora ustedes me van a dañar la cosecha. Abdón - Bueno, Renato, ¿y qué quieres que hagamos entonces? Renato - Miren, compañeros, ustedes perdonen. Yo les agradezco que hayan venido... pero, vamos a dejar esto para otro día, ¿no creen? Porque mientras no se ve el fruto, es muy difícil saber cuál es trigo y cuál es cizaña. Vamos a dejar que crezcan juntos, ¿no les parece? Y luego, ya habrá tiempo para separarlos. No importa, la cosecha no se estropeará. Solamente que, al final, tendremos más trabajo para escoger las espigas buenas y tirar las malas. Tito - Tienes razón, Renato. Peor sería arrancar el trigo pensando que es mala hierba. Ahora es demasiado pronto para saberlo. Renato - Cuando llegue el tiempo de la siega, ya les avisaré. Entonces se verá bien cuál es trigo y cuál cizaña. La cizaña, la quemaremos. Y el trigo, lo guardaremos en el granero. ¿De acuerdo? Abdón - De acuerdo, Renato. Jesús - Y pasaron los días y los días, y el trigo y la mala hierba crecían juntos. Y cuando llegó la cosecha, Renato y sus compañeros separaron fácilmente las espigas de trigo y las espigas de cizaña. Esta vez no se equivocaron. Supieron tener paciencia y no se equivocaron. Zebedeo - ¿Así que yo me parezco a Tito y a Abdón, los compañeros del Renato ése? Jesús - Yo creo que sí, Zebedeo. Usted ha dicho: Cornelio es cizaña, ¡fuera con él! ¡Hay que arrancarlo! Zebedeo - ¡Lo dije y lo vuelvo a decir, recuernos! Jesús - Pues ya ve usted: Dios no es así. Dios tiene un poco más de paciencia, porque sabe que los hombres somos como las matas: se nos conoce por el fruto. Si un árbol da buen fruto, ese árbol es bueno, aunque tenga la corteza fea. Pero si el fruto es malo, el árbol es malo, aunque tenga muy buena apariencia. Lo que cuenta es el fruto, Zebedeo. A ver, dígame, ¿usted ha visto alguna vez una mata de espinas echando uvas? Zebedeo - ¡No! Jesús - ¿Y ha visto alguna mata de cardos con higos en las ramas? Zebedeo - ¡Tampoco! Jesús - Entonces... Zebedeo - ¡Entonces sigo diciendo que Cornelio es un perro romano, y dime con quién andas y te diré quién eres! Jesús - Claro, así es más fácil. Nosotros señalamos con el dedo, pegamos un letrero en la frente a los demás y listo: ustedes son los malos, nosotros los buenos. ¡Dios mío, que llueva fuego del cielo y les queme la coronilla a todos estos granujas! Pero Dios se sonríe y dice: oye, ¿y cómo sabes tú cuál es trigo y cuál cizaña? “¡Porque éste es romano, y aquél es judío, y éste fariseo piadoso y aquél un revolucionario zelote, y éste un saduceo vendido, y este otro, un sacerdote del templo!” Y Dios toma todos esos letreros que llevamos colgados y los quema en la basura. Enséñame los frutos. Enséñame los frutos, y luego hablamos. ¿No le parece, Zebedeo, que hay que fijarse más en lo que uno hace que en el nombre que lleva puesto? Zebedeo - ¡A mí sólo me parece una cosa, Jesús! Jesús - ¿Qué cosa, Zebedeo? Zebedeo - ¡Que ese capitán es romano! ¡Y que sólo de verlo se me revuelven las tripas! ¡Así que me parece muy mal que hayas ido a su casa! ¡Y me seguirá pareciendo mal hasta el día en que me cierren los ojos y esté en el fondo del lago comido por los cangrejos! Juan - Vamos, papá, tranquilízate... te va a dar un patatús... tómalo con calma. Jesús - Cuando llegue ese día, a lo mejor ya entenderá todo, Zebedeo. Sólo al final es cuando se ven las cosas claras. Eso de separar el trigo de la cizaña es asunto de Dios, no de nosotros. Mi padre, Zebedeo, siguió refunfuñando. Y mi hermano Santiago también. Y Pedro. Y yo. Nos dieron las tantas de la noche discutiendo con Jesús. Ninguno de nosotros entendió entonces aquella historia del trigo y de la mala hierba. Mateo 13, 24-30 |
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2012/03/29
43 EL TRIGO Y LA MALA HIERBA
42 EL CAPITÁN ROMANO
| EL CAPITÁN ROMANO | |
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1. Por la importancia estratégica de Cafarnaum, había en la ciudad una guarnición romana con un centurión al frente. El centurión, equivalente a un capitán o comandante, era la autoridad militar que mandaba sobre la centuria, la unidad más pequeña de la infantería romana, compuesta por cien soldados. Seis centurias formaban una cohorte. Y diez cohortes formaban una legión. Los soldados romanos usaban cascos de bronce y cotas de malla y entre sus armas contaban con jabalina, espada y puñal. El escudo era curvo, de madera forrada de piel con refuerzos de metal. 2. Aunque Mateo, como cobrador de impuestos, no era funcionario del imperio romano, sino del rey Herodes –porque su puesto de aduanas estaba en Galilea, territorio bajo el control de Herodes- tendría muy buenas relaciones con los soldados romanos. Era el poder de Roma quien mantenía en su trono a Herodes. 3. El pueblo israelita ha sido y es un pueblo excesivamente nacionalista. Su convicción de ser el pueblo elegido por Dios está en la raíz de ese sentimiento, excluyente de los otros pueblos y discriminador de los extranjeros. En el tiempo de Jesús, era creencia bastante generalizada que cuando llegara el Mesías sería la hora del gran juicio de Dios a todas las naciones y entonces habría venganza contra ellas. Jesús rompió radicalmente con estas ideas y sustituyó el nacionalismo por el universalismo. Y aunque se relacionó sólo en ocasiones aisladas con extranjeros, los trató sin prejuicios, como un signo de que Dios no pertenece a ninguna raza ni a ninguna nación. |
Cornelio era el capitán que mandaba la tropa romana en Cafarnaum.(1) Su casa, muy grande, estaba siempre vigilada por soldados. Allí iba a verlo con frecuencia Mateo, el publicano, que era amigo suyo.(2) Cornelio - ¿Más vino, Mateo? Mateo - Sí, un poquito más. Está muy bueno. ¿De Caná, verdad? Cornelio - Sí, de Caná. Mateo - Oye, pero tú no has bebido nada. ¿Qué te pasa hoy? Cornelio - Estoy preocupado, Mateo. Mateo - ¿Qué pasa? ¿Esos zelotes preparan alguna conspiración? Cornelio - No, no es cosa política. Mateo - ¿Qué te ocurre entonces? ¿Necesitas que te preste algún dinero? Si quieres... Cornelio - No es eso, Mateo. Se trata de... de Marco. Mateo - ¿Y quién es Marco? Cornelio - Uno de mis criados. Lleva diez años conmigo. Mateo - ¿Y qué le pasa? ¿Se quiere ir a servir a otro? Cornelio - No, está enfermo. Desde hace unos días no se mueve ni come nada. Tiene unos dolores horribles. He mandado llamar a todos los médicos de Cafarnaum y dicen que es grave, que va a morirse. No hago más que pensar en eso, Mateo. Mateo - Por el trono del Altísimo, pero ¿cómo puedes preocuparte tanto por un criado, Cornelio? Ea, echa más vino, que tengo la jarra seca. Cornelio - Lo quiero como a un hijo, ¿sabes? Confío en él más que en mi propia sombra. No quiero que Marco se muera. Mateo - Pues, no sé... Si es mala la enfermedad esa que tiene... No sé... Oye... A lo mejor... Cornelio - ¿A lo mejor qué? Mateo - Nada, este vino me ha metido una idea en la cabeza. No sé, he oído decir que Jesús, el de Nazaret, bueno, tú lo conoces también. Dicen que es curandero. He oído decir que le limpió la carne a un leproso y que curó a un loco y dicen... Bueno, dicen también que allá en Naím hasta levantó a un muerto de la camilla cuando lo llevaban a enterrar. Esto yo creo que son cuentos de la gente. Pero parece que el nazareno ése tiene algo en las manos para curar. Hay campesinos que conocen mucho de hierbas... Cornelio - ¿Y... y qué? Mateo - Dile que venga a ver a tu criado. Con probar no pierdes nada. Eh, ¿qué te parece? ¡No me digas que mi idea es mala, caramba! Cornelio - También yo pensé en eso anoche, Mateo, pero... Mateo - Pero, ¿qué? Cornelio - Ese Jesús es un gran tipo, pero... ha hablado duro contra los romanos. Nosotros lo sabemos bien. Hay espías en todos los rincones. Y ésos con los que anda... Bueno, ya sabemos en lo que están. Mateo - Son unos agitadores y Jesús tampoco se queda atrás. Pero eso es harina de otro costal. ¿No dices que te preocupa tanto ese criado? Pues dile que venga a verlo. Cornelio - Y él... ¿él querrá venir, Mateo? Yo soy un soldado romano. Ustedes los judíos son muy fanáticos, no sé. Mateo - ¡Bueno, si tú no te atreves a pedirle que venga por aquí, se lo pido yo, qué caramba! Él es amigo mío. Lo invité a comer en mi casa y allá fue. Yo creo que puede ayudarte, Cornelio. Cornelio - Sí, Mateo. Yo también lo creo. Al mediodía, cuando Mateo terminó de cobrar los impuestos a las caravanas del norte, se fue al barrio de los pescadores, junto al embarcadero, a buscar a Jesús en casa de mi padre, Zebedeo. Vecinos - ¡Publicano del diablo! ¡Vete con los tuyos, asqueroso! ¡Traidor! Como siempre, el alcohol que llevaba encima le hacía andar tambaleándose. Y como siempre también, la gente escupía a su paso y le insultaba. Pero el cosquilleo del vino le tapaba las orejas. Cuando Mateo llegó a nuestra casa, estábamos comiendo. Juan - Eh, tú, asqueroso, ¿qué andas buscando por aquí? Mateo - Busco al de Nazaret. Juan - ¿Y para qué, si se puede saber? Mateo - Eso es cosa mía. ¿Está ahí? Jesús - Aquí estoy, Mateo. ¿Qué pasa? Detrás de Jesús, salieron mis padres y Santiago y su mujer. En la estrecha calle empezó a arremolinarse la gente. Querían saber qué buscaba Mateo por el barrio. Mi padre, el Zebedeo, fue el primero en levantar la voz. Después, el griterío creció como la espuma. Zebedeo - ¿Qué haces tú aquí, hijo de perra? ¡No te atrevas a poner un pie en mi casa! Santiago - ¡Aquí no se te ha perdido nada, borracho! ¡Vete a vomitar en otra esquina! Vecinos - ¡Fuera, fuera! Mateo - ¡Al infierno con todos ustedes! ¡He dicho que venía a buscarte, nazareno! Zebedeo - Jesús, ¿qué tienes que ver tú con este tipo, eh? Jesús - No sé lo que quiere, Zebedeo. Ustedes no lo han dejado hablar todavía. ¿Dices que venías a buscarme a mí, Mateo? Mateo - ¡Sí, a ti! ¡Y éstos, que se vayan al cuerno todos juntos! Jesús - Bueno, ¡basta ya! ¿Qué es lo que pasa, Mateo? Mateo - Cornelio, el capitán romano, quiere que vayas a su casa. Jesús - ¿Para qué quiere que vaya? Juan - Esto es una encerrona, Jesús. No te fíes de este tipo. Mateo - Tiene un criado enfermo. Quiere que vayas a verlo. Santiago - ¡Al diablo con el capitán romano y con su criado y contigo! Mateo - Sí, sí, mucho grito ahora, pelirrojo, pero cuando hubo que construir la sinagoga, bien que se acordaron del capitán ustedes todos los que están aquí para que les consiguiera el permiso pronto. Juan - ¡Eso pasó hace mucho tiempo! Mateo - Sí, y el año pasado, cuando lo de los presos... Entonces, a buscar al capitán para que les sacara las tortas de la candela, ¿eh? Zebedeo - ¡Cállate ya, asqueroso! ¡No haces más que abrir la boca y ya estás lamiéndole las patas a los romanos! ¡Vete, vete de aquí antes que te retuerza el pescuezo como a las gallinas! ¡No quiero ni verte pasar frente a mi puerta! ¡Lárgate de aquí! ¡Puah! Pero Mateo no se fue. Se limpió el salivazo con la manga de la túnica y miró a Jesús. Mateo - Entonces, ¿qué? ¿Vienes o no vienes? Santiago - ¡Pues claro que no va a ir! Jesús - Oye, Santiago, yo tengo boca para contestar, ¿no? Sí, voy contigo, Mateo. Zebedeo - ¡Jesús, si te atreves a poner un pie en casa de ese perro romano, no lo volverás a poner en mi casa! ¡No vuelves a entrar aquí! ¿Me oyes? ¿Me has oído bien? Jesús - Con esos gritos, Zebedeo, tendría que estar muy sordo para no oírte. Vamos, Mateo. Jesús y Mateo se abrieron paso entre la gente y se alejaron calle abajo. Mi padre, rojo de ira, golpeó con el puño cerrado la pared y entró en casa de nuevo. Detrás de él, entramos todos. Afuera, el barrio entero se quedó dando lengua a lo que había pasado. El chisme apenas tardó unos minutos en dar la vuelta al barrio de los pescadores. La casa del capitán Cornelio estaba a las afueras de Cafarnaum, junto al cuartel. Jesús y Mateo, seguidos muy de cerca por un montón de curiosos, salieron de la ciudad y se encaminaron hacia allí. Mateo - Detesto a tus amigos, nazareno. Jesús - Y ellos te detestan a ti, Mateo. Odio saca odio. Así pasa siempre. Mateo - Pues ya ves, eso que dices no vale con Cornelio. Esos amigos tuyos lo odian a él, pero él siempre que ha podido los ha ayudado. Cuando ya estaban llegando a la casa del capitán, Cornelio salió al camino. La gente se apretujó junto a Jesús y Mateo procurando no perder ni una sola de las palabras que se iban a decir. Cornelio - ¡Saludos, Jesús! Has conseguido que viniera, Mateo. Mateo - Mi trabajo me ha costado, señor capitán. Ese viejo Zebedeo le ha echado siete maldiciones porque iba a venir a tu casa. Dice que no lo dejará entrar otra vez en la suya. Cornelio - ¿Zebedeo ha dicho eso? Mateo - Eso, más un escupitajo que me gané yo por tocar a la puerta. Cornelio - ¿Y toda esta gente que viene con ustedes? Mateo - Los mirones de siempre. Como aquí en Cafarnaum no hay teatro, tienen que entretenerse con algo. Cornelio - Disculpa, Jesús, no pensé que esto te trajera tantas molestias. Jesús - No te preocupes, Cornelio. Y menos por Zebedeo. Perro que ladra no muerde. Cornelio - También dicen: más vale precaver que remediar. Mira, Jesús, no vale la pena que te busques ningún problema por entrar en mi casa. Yo no valgo tanto, como para eso. Ya ves, ni siquiera me atreví yo a ir a buscarte. Jesús - Mateo me dijo que tenías un criado enfermo. Cornelio - Sí, Marco. Tú has curado a muchos enfermos. Lo he oído decir. No puedo hacer ya nada por él. Está hirviendo de fiebre. Y pensé que... Mateo - Cornelio quiere que tú lo cures. Digo, si puedes... Jesús - Pero... me gustaría ir a verlo. Vamos. Cornelio - No, Jesús. Ya te he dicho que no quiero buscarte problemas. Mira, el Dios en quien tú crees, así dicen ustedes, los judíos, es el dueño de la vida y de la muerte. Si él da una orden a la enfermedad, Marco quedará sano. Jesús - ¿Tú lo crees así, Cornelio? Cornelio - Bueno, cuando a mí me dan una orden, yo tengo que obedecer. Y yo también, cuando digo a uno de mis soldados: ven acá, él viene. Y cuando digo que vaya, él va. ¿Tu Dios no es el jefe de todos nosotros? Entonces, no hace falta que entres. Da una orden en el nombre de ese Dios en quien tú crees y la enfermedad te obedecerá. Cuando Jesús oyó lo que decía el capitán Cornelio, se quedé admirado y se volvió hacia la gente que le había seguido. Jesús - ¡Caramba, este hombre que es extranjero tiene más fe en nuestro Dios que todos los que estamos aquí!(3) Mujer - ¿Cómo dijiste, nazareno? Jesús - Digo que un día muchos vendrán de fuera, como Cornelio, y se sentarán a comer en la misma mesa de nuestro padre Abraham. Hombre - ¡Oye a éste ahora! ¡Cuánto te habrá pagado el capitán para que le eches esos piropos! Jesús - Sí, de veras lo digo: entrarán ellos. Y muchos de los que están dentro y se creen muy seguros, se quedarán fuera. Mujer - Pero, ¿qué está diciendo éste? ¡Habrase visto! Hombre - ¡Te pasaste al otro bando, Jesús! Mateo - ¡Al diablo con esta gente! Si no arman una algarabía no están conformes. ¡Váyanse de aquí, gritones y chismorreros, fuera de aquí todos! Mujer - ¡Fuera tú, borracho vendepatrias! Jesús - Déjalos, Mateo. Vámonos ya. Y tú, Cornelio, no te preocupes más por tu criado. Dios te dará lo que esperas de él. Cornelio se volvió a su casa entre los silbidos y el griterío de la gente. Entonces, Jesús alzó la voz muy molesto. Jesús - Ustedes tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen. Hombre - ¿Qué diablos es lo que hay que ver? Que ese capitán es un perro romano. Y los romanos son nuestros enemigos. ¡Y el que alaba a los romanos es tan perro como ellos! Jesús - Ustedes tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen. Mujer - ¡Y dale con lo mismo! ¡Tú eres el que estás ciego, nazareno, tú! Hombre - ¡Ciego no, vendido! ¡A ver, enseña el bolsillo, a ver cuánta plata te soltó el capitancito! Mujer - ¡Abajo Roma y abajo los traidores! El alboroto duró un buen rato. Cuando la gente se cansó de gritar, regresó a Cafarnaum llevando el cuento de lo que allí había pasado. Jesús volvió más tarde, por otro camino, al barrio de los pescadores. Allá le estábamos esperando. Mientras tanto, en casa del capitán Cornelio, a Marco le había bajado la fiebre. Mateo 8, 5-13; Lucas 7, 1-10; Juan 4, 43-54. |
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41 ESTA ES UNA CASA DECENTE
| ESTA ES UNA CASA DECENTE | |
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1. Los fariseos no eran solamente hombres de la clase alta. Abundaban entre la clase media y los había también entre las clases más sencillas. Con sus enseñanzas, los fariseos habían ganado muchos adeptos entre la población rural. Lo que los caracterizaba a todos era la soberbia con la que se creían la comunidad de los elegidos de Dios por cumplir escrupulosamente las leyes y las costumbres religiosas. Por eso despreciaban a los inmorales y los consideraban malditos de Dios. A lo largo de todo el evangelio Jesús les echó en cara su hipocresía. 2. Un viejo proverbio de los rabinos en tiempos de Jesús decía: “No debe hablarse mucho con una mujer en la calle”. No sólo con una prostituta -que ya era el colmo-, sino con cualquier mujer. Jesús rompió en multitud de ocasiones las costumbres de su pue¬blo con respecto a la relación con las mujeres. Y dentro de esta libertad suya frente a las tradiciones, trató con especial preferencia a las “malas mujeres”, con lo que escandalizó profundamente a las “buenas” mujeres y hombres de su tiempo. |
Salomé - ¿Y qué? ¿Ustedes no van a ir? Juan - ¿A dónde, vieja? Salomé - ¿Cómo que a dónde? A la casa de Simón el fariseo. Hoy presenta a su hijo en la sinagoga y da una fiesta para celebrarlo. Juan - ¡Para fiestas estoy yo! ¡Y menos en casa de ese tipo! Santiago - Vamos, Juan, anímate. Donde Simón siempre hay buenos pasteles. ¿Y tú, Pedro? ¿Tampoco quieres venir? Pedro - ¿Y qué se me ha perdido a mí en casa de ese viejo roñoso? Salomé - Tú dirás que es un tacaño, Pedro, pero mira, ha invitado a toda la familia. Y como aquí en Cafarnaum, el que no es nieto es sobrino del viejo, imagínate, media ciudad irá hoy a comer allá. Santiago - Sí, hombre, vamos, no sean desabridos. Pedro, avísale a Rufina. Y tú, Andrés, no te quedes ahí como un espantapájaros. Jesús, ¿qué pasa contigo? ¿No vienes? Jesús - Yo iría, Santiago, pero ni soy nieto ni sobrino de ese tal Simón. Santiago - Bah, eso da lo mismo, moreno. Tú eres amigo nuestro y los amigos de la familia son familiares también. Te digo que la casa va a estar más llena de gente que un barril de aceitunas. ¡Ea, muchachos, a divertirnos! El pelirrojo nos animó a todos. Y al poco rato, estábamos en la calle de los prestamistas, frente a la casa de Simón, el fariseo.(1) Mientras esperábamos a que abrieran la puerta, vimos allí, junto al muro, a dos mujeres que todos conocíamos.(2) Una de ellas, la más joven, empezó a hacerle señas a Jesús. María - ¡Psst! ¡Eh, tú, el de Nazaret! ¡Psst! ¿Qué tal? Este es un amigo mío, Selenia, no te metas con él. Selenia - ¿Y quién es, tú? María - Bah, un chiflado. Jesús - ¡Caramba, María! Ya tenía ganas de saber de ti. ¿Cómo te va la vida? María - En el negocio, paisano. ¡Hay que aprovechar las oportunidades! ¿Verdad, Selenia? Jesús - ¡Y ustedes las aprovechan bien porque desde la otra calle vengo oliendo el perfume! Selenia - ¡Ay, sí, paisano, como nosotras trabajamos de noche, no nos ven, pero nos huelen! María - Sí, ríete ahora, tonta, que después a lo mejor te tienes que pasar tres horas aquí, arrimada al muro. Y total, para nada. Selenia - Bueno, no te quejes, que con este moreno ya tú resolviste la noche. María - No metas el hocico, Selenia. Ya te dije que esto es otra cosa. Jesús - Es que María y yo somos amigos, ¿sabes? Selenia - Sí, ya lo estoy viendo. Lo que pasa es que María se echa encima mucho colorete y muchos potingues y me saca ventaja. Está bien, colega, me ganaste, me rindo. María y Selenia llevaban colgado al cuello un frasco pequeño lleno de aceite de jazmín. Era el perfume que usaban siempre las prostitutas. Juan - ¡Eh, tú, Jesús, ven, ya van a abrir la puerta! Jesús - ¡Ya voy, Juan, espérate! María - Tú siempre con esos tipos, vaya manía que tienes con ellos. ¡Vete, vete con tus amigos, que si no empujas, te dejan fuera! Jesús - ¿Y qué? ¿Ustedes no entran? María - ¿Nosotras? ¡Ja! ¿No te lo dije, Selenia? ¡Este tipo está tururú! Jesús - No, María, te hablo en serio. ¿Por qué no entran con todos? María - ¡Qué más quisiera una! ¡Al menos para comer pasteles! Pero nuestro sitio está aquí afuera. ¿Cómo vamos a entrar? Esta es una casa muy honrada y muy limpia, la casa del fariseo Simón... ¡Que el diablo se lo trague de un bocado, maldito viejo! Jesús - ¿Por qué hablas mal de él? ¿Te ha hecho algo a ti? María - A mí, no. Pero a todos los desgraciados que le deben dinero! ¡Así se ha hecho rico pronto: prestando diez y cobrando veinte, y agarrando por el gañote a los infelices que no pueden pagarle a tiempo! Juan - ¡Eh, Jesús!, ¿qué pasa contigo? ¿No vienes? Jesús - Oye, Juan, ¿y estas muchachas no pueden entrar también a la fiesta? Juan - ¿Quiénes? ¿Estas dos mariposas? María - Sí, hombre, cuélanos. Ya ves, el negocio está malo... ¡Y ahí dentro por lo menos nos zampamos algo caliente! Jesús - ¿Qué te parece, Juan? ¿Las podremos pasar? Juan - Sí, hombre, nadie se va a dar cuenta. Ea, vengan con nosotros y se disimulan en medio del grupo. María - ¡Ay, caramba, esto sí que tiene gracia! ¡Bueno, ya dicen que más vale llegar a tiempo que ser convidado! ¡Vamos, Selenia, movilízate! Selenia - No, no, María. Yo mejor me quedo fuera por si cae algún cliente. Ve tú. Y cuando te aburras, sales y te cambias conmigo. María - Bueno, colega, tú te lo pierdes. ¡Hasta pronto! Selenia - Hasta pronto, ¡Y no te olvides de traerme un pastelito! Nos juntamos con Pedro y los demás y ya estábamos cruzando la puerta de entrada cuando uno de los sirvientes con cara muy seria le cortó el paso a María, la magdalena. Sirviente - Eh tú, buena zorra, ¿y por dónde te piensas colar, eh? Esta es una casa decente, ¿lo oyes? ¡Vete, vete, fuera! Jesús - Oye, amigo, ¿esta mujer te ha molestado en algo a ti? No la molestes tú tampoco a ella. Sirviente - Mira, nazareno... Claro, tú no eres de aquí y no sabes. Pero esta tipa que tienes al lado es una fulana. Entonces... Jesús - Entonces, nosotros que estamos con ella seremos también unos fulanos. ¿Tienes algo más que decir? Sirviente - ¡Al cuerno contigo, forastero! Está bien, entren con ella. Pero te lo advierto, descarada: no armes ningún lío. ¡Y ustedes, límpiense cuando salgan para que no apesten a jazmín! María - Hijo de mala perra... ¡Puah! Esta es una casa decente... Sí, sí, ahora no se mancha los ojos mirándome. ¡Pero ve mañana a mi casa y será el primero aporreándome la puerta! ¡Asco de tipo! Jesús - Déjalo, María. Si no quieres que se metan contigo, no te metas tú tampoco con ellos. ¡Ven, vamos dentro! El patio de la casa era muy grande y cabía mucha gente en él. A los del barrio nos sentaron hacia el fondo, sobre esteras de paja, y nos dieron dátiles para entretener el estómago. Las mesas de delante, muy adornadas, y con la mejor comida, eran para los comerciantes y los parientes ricos de Simón, el fariseo. Uno de ésos se acercó a donde estábamos. Hombre - ¡Vaya, María, buena pieza en el anzuelo! ¿Cómo conseguiste al de Nazaret? María - ¡Condenado asqueroso! ¡Vete, vete de mi lado, que ahora no estoy trabajando! Hombre - Está bien, muchacha, no te pongas así. Era una broma... María - ¿No te lo dije, Jesús? Nuestro sitio es afuera. Jesús - Tú te lo buscas, María. ¿Quién te manda a echarte tanto perfume encima? ¡Ni con un cepillo de carpintero se te raspa! Anda, olvídate de eso y come algo. Entonces llegó el cojo Benito, haciendo eses y con una jarra de vino a medio terminar. Benito - ¡Pero mira la sirena que se asoma en esta playa! ¡Hip! ¡Mariíta de mi alma, tanto tiempo buscándote y al fin te encuentro! ¡Hip! María - ¡Sigue tu ruta, viejo verde, y lárgate a dormir la mona! Benito - No me trates así, preciosa. A mí me sobra vino... y a ti te sobra ropa! ¡Hip! ¿No es cierto, amigo? ¡Esta está mejor sin tanto traperío! EL cojo Benito se lanzó sobre María. De un tirón, le rompió el vestido. Entonces Jesús empujó al borracho y éste resbaló y cayó de espaldas. Enseguida se armó el revuelo en aquel rincón del patio. Para colmo, el frasco de jazmín que María llevaba al cuello, rodó por el suelo, se hizo añicos y aquello comenzó a oler como una feria. Sirviente - ¿Qué diablos pasa aquí? ¡Te lo avisé, ramera, que no quería líos! Jesús - El lío lo han armado ustedes. Sirviente - ¡Tú, forastero, cállate! ¡Y tú, maturranga, ahora vas a saber quién soy yo! El sirviente levantó el cacharro que llevaba en las manos con un gesto de amenaza. María se agachó y se tiró a los pies de Jesús buscando protección. Sirviente - ¡Quítate, que a ésta la voy a enseñar yo a respetar las casas decentes! Jesús - ¡Santiago, Juan, ayúdenme! Mi hermano y yo caímos sobre el sirviente, pero otros vecinos cayeron sobre nosotros… Un hombre - ¡Toma, por entrometido! La cosa se hubiera complicado, si en ese momento no llega a aparecer, alarmado por el alboroto, Simón el fariseo, el dueño de la casa. Simón - ¿Pero, qué pasa aquí? ¿No podemos tener la fiesta en paz? Jesús - Aquí no pasa nada. Conversando solamente. Simón - ¿Conversando? Y ésa que está en el suelo, ¿está conversando también? Sirviente - Esa es una tipeja de la calle de los jazmines. Simón - ¿Anjá? ¿Y qué hace una fulana aquí en mi casa? ¿Quién la dejó entrar? Jesús - Fui yo, Simón. Entró conmigo. Simón - ¿Y quién eres tú para ensuciar mi casa? Sirviente - Este es el forastero de Nazaret, seguramente ya habrá oído hablar de él. Tiene fama de profeta. Simón - ¡Pues vaya profeta! Yo no sabía que los profetas de ahora se dejaban sobar por las rameras. ¡Vamos, vamos, saquen a esta fulana de mi casa! ¡Prefiero oler los orines de gato que los perfumes de pecadoras! María continuaba en el suelo. Lloraba avergonzada a los pies de Jesús con todo el pelo revuelto. Simón - ¡He dicho que saquen a esta fulana! ¡Mi casa es una casa decente! Jesús - Simón, con tu permiso, ¿me dejas preguntarte una cosa? Simón - ¿Qué quieres tú, forastero? Habla pronto. Este perfume me da náuseas. Jesús - Oye esta historia, Simón: dos hombres le debían dinero a un prestamista. Uno le debía cincuenta denarios y el otro quinientos. Pero los dos perdieron la cosecha y ninguno tenía un céntimo para pagarle. Simón - Y el prestamista los metió en la cárcel, como se merecían. Jesús - No, al revés, sintió lástima y perdonó a los dos la deuda. Ahora, dime, Simón: ¿Cuál de los dos hombres tendrá más agradecimiento al prestamista? Simón - ¡Vaya pregunta! El de los quinientos denarios. Le perdonó más, le agradece más. ¿Qué tiene que ver eso con esta fulana? Jesús - Tiene mucho que ver. Pero no sé si tú lo entenderás. Porque tú nunca has perdonado a nadie ni nunca tampoco has necesitado perdón. Esta sí. Y por eso, sabe agradecer. Simón - ¿Qué es lo que tiene que agradecer? Jesús - A ti, desde luego, nada. Cuando entramos nosotros, los del barrio, nos pusiste aquí atrás, no viniste a saludarnos y ni siquiera nos diste agua para lavarnos las manos. A ti, nada. A Dios, sí. A Dios le tiene que dar las gracias, porque le ha perdonado toda la deuda que tenía con él. Entonces Simón, el fariseo, apretó la empuñadura de su bastón y miró a Jesús con una mueca de desprecio... Simón - ¡Charlatán! Saquen a esta fulana de aquí. Y al nazareno también. Y a todo el que apeste a jazmín. ¡Prefiero oler los orines de gato que el perfume de las pecadoras! Jesús levantó del suelo a María y salió con ella a la calle. Nosotros también nos fuimos de allí. Y otros más del barrio. Yo creo que fue desde aquella fiesta en casa de Simón, cuando María, la de Magdala, empezó a cambiar. Lucas 7, 36-50 |
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