2012/03/29

47 NUESTRO PAN DE CADA DÍA


NUESTRO PAN DE CADA DÍA
Comentarios

1. En Israel los pobres dormían en esteras de paja, extendidas sobre la tierra y se cubrían con sus mantos. Usar cama para dormir era un lujo. Sólo los ricos disponían de una especie de camas, no exactas a las actuales, que en algunas ocasiones les servían durante el día como mesas para comer. Las esteras solían hacerse a partir de una tira larga de fibra que después se cosía en espiral.

2. En varias ocasiones el evangelio se refiere a la costumbre de Jesús de rezar en el silencio de la noche (Lucas 5, 16). Jesús cumpliría con las oraciones tradicionales en su pueblo: al amanecer, al atardecer, antes de las comidas y los sábados en la sinagoga. Pero lo que llamó la atención de sus contemporáneos fue su forma personal, confiada y constante, de hablar con Dios, al margen de las leyes litúrgicas.

3. En su oración, Jesús rezaba por otros y así consta varias veces en los evangelios (Lucas 22, 31-32; Juan 14, 15-16). Esto fue muy significativo. En Israel no era frecuente la costumbre de que unos pidieran por otros. Interceder por los demás era propio del pro¬feta, del hombre que sentía responsabilidad y preocupación por los problemas de su pueblo.

4. En las oraciones de las gentes sencillas de Israel Dios era visto como un rey lejano. Rezar se entendía como una forma de rendirle homenaje. Y así como ante los reyes había que cumplir con un ceremonial, igual en la oración. Por eso existía la tendencia a usar fórmulas fijas, solemnes, establecidas por antiguas tradiciones. La oración estaba también ligada a la idea del mérito. Se entendía que rezando se conseguían favores de Dios. Y si se recomendaba la oración comunitaria era porque así llegaba con más fuerza al cielo.

5. Al enseñar a sus discípulos la oración del Padrenuestro, Jesús se apartó de las costumbres religiosas de su pueblo y de su tiempo. Las oraciones que rezaban los israelitas se recitaban en hebreo. El Padrenuestro es, en cambio, una oración en arameo, la lengua que hablaba la gente. En la lengua materna de Jesús, el Padrenuestro suena así: “Abba, yitqaddás semaj, teté maljutáj...” Jesús llamó a Dios “Abba” y enseñó a sus amigos a invocar a Dios con esta palabra tan familiar de la lengua aramea. “Abba” significa papá, papaíto. “Abba” e “imma” (papá, mamá) son las palabras de los primeros balbuceos infantiles. Para los contemporáneos de Jesús era inconcebible e irrespetuoso dirigirse a Dios con tanta espontaneidad. Así, Jesús sacó la oración del ambiente litúrgico y sagrado en donde la había colocado la tradición de Israel, para situarla en el marco de lo cotidiano. En toda la extensa literatura de oraciones del judaísmo antiguo no se encuentra ni un solo ejemplo en el que se invoque a Dios como “Abba”, ni en las plegarias litúrgicas ni en las privadas.

En el Padrenuestro, más que una fórmula fija para la oración, Jesús propuso una nueva relación de confianza con Dios. De las dos versiones que dan los evangelios del Padrenuestro (Mateo 6, 9-13 y Lucas 11, 2-4), la de Lucas es la más antigua y conserva las palabras más originales de Jesús.

Tomás y Matías se quedaron toda aquella noche hablándonos del profeta Juan, de los malos tratos que recibía allá en la cárcel de Maqueronte y de la enfermedad que le iba reventando los pulmones. La sangre nos hervía contra Herodes, el tirano que mantenía preso al profeta desde hacía tantos meses y que oprimía a nuestro pueblo desde hacía tantos años. Cuando ya pasaba de la medianoche.

Pedro - Bueno, compañeros, es muy tarde. ¿Qué les parece si nos vamos a dormir?
Juan - Oye, Pedro, hazme un sitio allá en tu casa. Así Tomás y Matías pueden quedarse aquí.
Pedro - Por supuesto, Juan, ven. Donde duermen ocho, duermen nueve... ¡o noventa y nueve! ¿Vamos, Jesús?

Jesús y yo fuimos con Pedro y Andrés a dormir en su casa. Por el camino, Jesús no habló una palabra. Parecía muy preocupado.

Pedro - Buenas noches a todos. ¡Que descansen mucho y ronquen poco!

Como la casa era pequeña y había mucha gente en ella, Jesús y yo nos echamos sobre un par de esteras, junto a la puerta.(1)

Jesús - Uff...
Juan - ¿Qué te pasa, moreno?
Jesús - Nada, Juan. Que no logro dormirme.
Juan - Debe ser el calor...
Jesús - Sí, a lo mejor es eso. ¿Sabes qué? Voy a tomar un poco de aire fresco.

Jesús salió fuera de la casa.(2) Toda la ciudad estaba silenciosa y oscura. Sobre su cabeza, miles de estrellas chispeaban, como pequeñas lamparitas colgadas del techo negro del cielo… Jesús respiró profundamente el aire de la noche y bajó por la callejuela que salía al embarcadero. Sólo se escuchaba el ir y venir de las olas, la respiración lenta y rutinaria del agua, como si el lago de Tiberíades también estuviese dormido. Jesús tanteó una piedra y se sentó sobre ella. Y se quedó allá un buen rato, con la mirada perdida en la oscuridad.

Jesús - Padre, tú estás en el cielo y también aquí en la tierra, con nosotros. Bendito seas tú. En tu nombre ponemos nuestra esperanza. Que venga pronto el día de nuestra Liberación. Que tu Justicia del cielo se cumpla también en la tierra. Danos mañana el pan que tenemos hoy. Danos hoy hambre de luchar para que mañana todos tengamos pan. Perdónanos y enséñanos a perdonar. No nos dejes vencer por el miedo. Libéranos de nuestros opresores. Libera al profeta Juan de la cárcel. Libera a nuestro pueblo. ¡Haznos libres, Padre nuestro!

Después de un buen rato, Jesús volvió a casa de Pedro. Se tumbó sobre la estera, junto a la puerta, y se durmió enseguida. Al amanecer...

Rufina - ¡Arriba, muchachos, que ya cantaron los gallos! Vamos, abuela Rufa, despiértese ya. Pedro, ¡ya se acabó el manoseo, vamos, levántate! Jonás, suegro... ¡Jonás! Hágase el dormido, sí, ¡ja! Simoncito, mi’jo, ponte los calzones, anda. ¡Shhh!, que vas a despertar a Mingo. ¡Andrés, caray! ¡Eh, ustedes dos, espabílense!
Juan - ¡Hummm! ¡Rayos, me quedaría durmiendo toda la mañana!
Rufa - Hija, ¿dónde habré dejado yo mis sandalias, eh? ¿Tú las has visto?
Mingo - ¡Mamá, dame leche, tengo hambre!
Rufina - ¡Pedro, por Dios, levántate ya y ve a ordeñar la chiva!
Pedro - Ya voy, mujer, ya voy...
Rufina - Juan, muévete. Y despierta a Jesús, que no se puede abrir la puerta con él ahí tirado.
Juan - Déjalo, Rufina, ése se pasó la noche fuera y ahora está rendido como un tronco.
Pedro - Oye, tú, Jesús, córrete, no hay quien pase por aquí... ¡Jesús!
Jesús - Hummm... No me fastidies, Pedro... tengo sueño.
Rufina - Claro, se pasa la noche dando vueltas por Cafarnaum y ahora no quiere levantarse.
Pedro - ¿Y qué demonios estaría haciendo éste por ahí de noche, eh? ¿Cazando murciélagos? Eh, Rufi, pásame la escoba para darle dos buenos escobazos a este dormilón... ¡ya verás qué pronto se levanta!
Jesús - Está bien, Pedro, está bien, ya me levanto… Pero prepárate mañana, ¡te voy a echar un jarro de agua fría en la boca!
Pedro - Bueno, ¿y se puede saber qué se te perdió en la calle que saliste a buscarlo a medianoche?
Jesús - No se me perdió nada, Pedro. Tenía calor, salí un rato a tomar aire fresco. Y me puse a rezar.
Pedro - ¿A rezar? ¿A esas horas?
Rufina - ¿Cómo? ¿Pasa algo malo, Jesús?
Jesús - No, mujer. Simplemente estuve rezando.
Rufina - Pero uno reza cuando tiene algún problema, ¿no?
Jesús - Bueno, el mayor problema lo tiene el profeta Juan allá en la cárcel, ¿no les parece? Estuve rezando por él.(3) Para que Dios lo ayude y le dé fuerzas. ¿Ustedes no han rezado por el profeta Juan?
Pedro - Sí, sí... Bueno, no. A la verdad, no se me había ocurrido. ¿Y a ti, Rufi?
Rufina - Ay, Pedro, es que tengo tantas cosas en la cabeza...
Pedro - Lo que pasa, Jesús, es que...
Rufa - Lo que pasa es que en esta casa se han perdido ya todas las buenas costumbres y nadie reza nada. Yo no sé qué tiene esta casa que todo se pierde. Mira ahora mis sandalias, ¿dónde diablos están mis sandalias, eh?
Rufina - Aquí están, abuela Rufa, no proteste más. Segurito fue Mingo que se las escondió ahí en el fogón.
Rufa - ¡Estos muchachos del demonio!

Aquel fue un día de mucho trabajo, como tantos otros. Cuando ya estaba oscuro, nos fuimos juntando en casa de Pedro y Rufina.

Pedro - Oye, Jesús, dime una cosa, ¿esta noche vas a rezar también por el profeta Juan?
Jesús - ¿Y por qué no?
Pedro - Es que yo había pensado que podíamos rezar todos juntos por él. ¿Eh, qué les parece a ustedes?
Rufa - A mí me parece muy bien, mi’jo, que por algo dicen que si se reza en la casa, la bendición de Dios pasa.
Rufina - ¡Eh, los hombres, échense para acá, vengan a rezar!

A todos nos pareció bien la idea y nos fuimos sentando uno a uno, formando un pequeño círculo, sobre el suelo de tierra de la estrecha casa de Pedro. En un hueco de la pared, una lamparita quemaba el último resto de aceite.

Jesús - Ea, abuela, vamos a rezar todos juntos por el profeta Juan para que Dios lo libre pronto de la cárcel. Comience usted.
Rufa - ¿Cómo dijiste, mi’jo?
Jesús - Que tire pa’lante con alguna oración de ésas que usted debe saberse.
Rufa - Ah, sí, mi’jo, yo me sé muchas oraciones que me enseñó mi madre.(4) A ver, déjame pensar... una oración para sacar a un preso... Yo creo que la mejor será el salmo 87. Sí, voy con ése. Ejem... Señor-Dios-mío-día-y-noche-clamo-a-ti-llegue-mi-oración-a-tu-presencia-inclina-tu-oído-a-mi-clamor-a-ti-te-invoco-Dios-mío-mis-manos-levanto-hacia-ti-¿por-qué-Señor-me-rechazas-por-qué-me-escondes-tu-rostro...
Pedro - Un momento, suegra, un momento. Vaya más despacio, caramba, que no hay fuego para correr tanto.
Rufa - Es que a mí se me olvidan las oraciones, mi’jo, y tengo que soltarlas de un tirón para llegar al final.
Juan - Pues yo me quedé en el principio. No me he enterado ni del número del salmo.
Rufa - Salmo 87, el de los presos. Bueno, si ustedes quieren, puedo rezar también el 78, pero ésa es una oración muy fuerte. Hay que tener cuidado con ella.
Jesús - ¿Cómo que es una oración muy fuerte? ¿Qué es eso, abuela?
Rufa - Bueno, que... que es fuerte. Que no falla, porque le pide a Dios siete maldiciones contra el enemigo, ¿comprendes? De siete, si no le cae una, le cae la otra. Mi madre me enseñó que cada oración tiene su asunto. Si quieres ganar dinero, reza el salmo 64. Cuando vayas de viaje, el 22. Para el dolor de pecho, la oración de los cuatro ángeles. Cuando hay tormenta, salmo 28. Los comerciantes, la oración de Salomón… Y así.
Juan - Y las parturientas, el salmo 126 pero al revés, ¡porque si no, el niño sale con los pies por delante!
Rufa - Oye, ¿y de qué se ríen ustedes?
Jesús - De nada, abuela. Que usted habla de las oraciones como si fueran recetas de cocina.
Mingo - ¡Papá, dame un pan!
Pedro - Pero, niño ¿otra vez? ¿Usted no comió ya?
Mingo - Pero tengo hambre.
Pedro - Cállese la boca, que estamos rezando.
Rufina - Vamos, abuela Rufa, siga la oración.
Rufa - No, mi’ja, sigue tú. Ya perdí el hilo.
Juan - Entonces, tú, Rufina, reza ahora tú.
Rufina - Es que yo... yo no me sé ninguna oración de memoria. Yo voy inventando las oraciones como me van saliendo.
Jesús - Pues mejor así, Rufina. Comience usted.
Rufina - Bueno, déjenme pensar... ¡Oh, Dios, oh Rey, oh Altísimo y santísimo Señor, oh admirabilísimo y poderosísimo Juez del alto cielo...!
Pedro - ¡Si sigues subiendo tan alto, Rufi, luego te vas a dar una caída!
Rufina - Oye, Pedro, más respeto, que estamos hablando con Dios.
Jesús - Sí, Rufina, pero tampoco hay que exagerar. A Dios le deben gustar las cosas sencillas, ¿no crees? Háblale como a un amigo, como si estuvieras cara a cara con él.
Rufa - Ten cuidado no te quemes, muchacho. Mira que Dios es como el sol: no se puede mirar de frente. Uno no puede verle la cara a Dios porque se le achicharran los ojos y... ¡se muere!
Jesús - ¿Usted cree eso, abuela?
Rufa - Bueno, al menos así dicen los libros santos.
Jesús - Yo no sé, pero para mí que el que escribió eso no conocía mucho a Dios, porque... con Dios se puede tener confianza.
Rufina - Sí, pero tampoco hay que abusar de la confianza. Al fin y al cabo, Dios es Dios.
Jesús - Al fin y al cabo, Dios es Padre. Y con un padre, la confianza nunca es demasiada.
Mingo - Mamá, tengo hambre, dame un pan.
Rufina - ¡Cállese, Mingo! ¿No oyó que estamos rezando?
Juan - Vamos, Pedro, reza tú ahora, que a este paso, vamos a oír los gallos sentados aquí en el suelo.
Pedro - Está bien. Pues a rezar. Ejem...
Mingo - ¡Papá, tengo hambre!
Pedro - ¡Que se calle le digo!
Juan - Vamos, Pedro, arranca de una vez.
Pedro - Espérate, Juan. Es que no sé por dónde empezar. No se me ocurre nada.
Mingo - ¡Papaíto, dame un pan, tengo hambre!(5)
Pedro - ¡Caramba con estos mocosos! ¡No le dejan a uno ni rezar! Toma el pan y cállate de una vez. ¡Estos muchachos le acaban la paciencia a cualquiera!
Jesús - Pues mira, Pedro, me está pareciendo que Mingo sabe rezar mejor que todos nosotros.
Pedro - ¿Cómo dices, Jesús?
Jesús - Que Mingo no se cansa. Que pide y pide y tú y Rufina acaban dándole el pan, aunque sólo sea por quitárselo ya de encima. Lo mismo pasa con Dios. Si nosotros, que tenemos un corazón pequeño, más pequeño que este puño, les damos lo mejor a nuestros hijos y a nuestras hijas, ¿cómo Dios no nos va a dar también lo mejor a nosotros, él que tiene un corazón más grande que el mar?
Pedro - Entonces...
Jesús - Entonces podemos rezar con confianza y decirle: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga tu Reino...

Aquella noche, junto al lago de Galilea, Jesús nos enseñó a rezar.



Mateo 6, 5-15; Lucas 11, 1-4.

(vuelta atrás) (audio)

46 EL AYUNO QUE DIOS QUIERE


EL AYUNO QUE DIOS QUIERE
Comentarios

1. En Israel, la penitencia de ayunar aparece como una forma de humillación del hombre ante Dios. Se practicaba para dar más eficacia a la oración, en momentos de peligro o de prueba. Había días de ayuno, en los que la ley religiosa determinaba que todo el pueblo debía abstenerse de comer, en recuerdo de grandes calamidades nacionales o para pedir la ayuda divina. También se podía ayunar por devoción personal. En tiempos de Jesús, se había ido dando cada vez una mayor importancia a esta práctica. Los fariseos tenían costumbre de ayunar dos veces por semana, los lunes y los jueves. Juan el Bautista, por sus orígenes esenios, inculcaría seguramente en sus discípulos la necesidad del ayuno.

El ayuno, como otras devociones religiosas, fue criticado duramente por los profetas de Israel. Había llegado a convertirse en una especie de chantaje espiritual por el que los hombres injustos pensaban ganarse el favor de Dios, olvidando lo esencial de la actitud religiosa: la justicia. Con el culto, con incienso y oraciones, con duras penitencias, buscaban hacer méritos ante Dios y así salvarse. Los profetas clamaron contra esta caricatura de Dios y de la religión y dejaron bien claro cuál era “el ayuno que Dios quiere”: liberar a los oprimidos, compartir el pan, abrir las puertas de las cárceles (Isaías 58, 1-12). Jesús consagró definitivamente el mensaje de los profetas. En la primera comunidad cristiana se aceptó la práctica del ayuno como una preparación para la elección de los dirigentes de la Iglesia (Hechos 13, 2-3), pero en ninguna de las cartas de los apóstoles se menciona el ayuno.

2. Jesús fue un hombre alegre, a quien los que ayunaban acusaron de borracho y de glotón (Mateo 7, 33-34). Y comparó varias veces el Reino de Dios con un banquete, con una boda, con una fiesta. Ninguna de las prácticas tradicionales de penitencia de algunos grupos cristianos tiene sus raíces en Jesús de Nazaret.

Tomás y Matías, los mensajeros enviados por el profeta Juan desde la cárcel de Maqueronte, se hospedaron en mi casa. Aquella tarde vino mucha gente. Todos estábamos ansiosos de escuchar sus noticias. Después, cuando se hizo de noche, nos quedamos los del grupo para comer. En el suelo, con las piernas cruzadas sobre la estera, esperábamos que Salomé apareciera con la sopa...

Pedro - ¡Humm! ¡Qué bien huele esto!
Salomé - ¡Metan el cucharón hasta el fondo, que hay buenos trozos de pescado!

Salomé puso en medio de todos un caldero grande y humeante. El aroma de la sopa llenó toda la casa.

Salomé - ¡Zebedeo, viejo, un poco más de educación! ¡Deja que los huéspedes se sirvan primero!
Zebedeo - Tienes razón, mujer. ¡Es que tengo un hambre que no espero ni por Dios!
Salomé - Vamos, muchachos, Tomás y Matías, no tengan vergüenza.
Matías - No, ustedes primero. Ustedes empiezan y nosotros seguimos.
Tomás - ¿No se va a ben-ben-bendecir el pan?
Zebedeo - Rediablos, es verdad. Vamos, Santiago, echa tú la bendición.
Santiago - Dios de Israel, tú nos das al mismo tiempo la comida y las ganas de comer. Bendice entonces esta mesa, amen.
Todos - ¡Amén!
Zebedeo - Adelante, muchachos, hínquenle el diente a una buena cola de pescado para que puedan decir en Judea lo que todos saben en Galilea: ¡que no hay mejores dorados que los de Cafarnaum!
Matías - Mejor comience usted, don Zebedeo.
Zebedeo - Que no, que no, Matías. Comienza tú. No es que haya mucho, pero al menos está caliente.
Tomás - No, no, usted pri-pri-primero...
Santiago - A lo mejor es que a los huéspedes no les gusta el pescado.
Tomás - Sí nos gusta, pe-pe-pero no po-po-podemos comerlo.
Salomé - ¿Que no pueden comerlo? ¿Se sienten mal de la barriga?
Matías - No, no es eso, sino que... que no podemos comerlo.
Pedro - Pero, ¿por qué? ¿Quién les ha dicho que no pueden?
Matías - Nosotros mismos.
Santiago - ¿Ustedes?
Matías - Bueno, resulta que Tomás y yo hemos hecho un voto de no comer pescado ni nada que venga del mar si volvemos sanos y salvos a Judea, después del viaje.
Tomás - Hay que hacer pe-pe-penitencia.(1)
Pedro - Ah, claro, claro... ya entiendo... caramba...
Zebedeo - Bueno, hombre, no hay problema por eso. ¡En mi casa los huéspedes mandan! Salomé, mujer, ve a matarles una gallina. Ea, date prisa... Y saca algunas aceitunas para que vayan entreteniendo la quijada...
Salomé - Ya voy, viejo, ya voy.
Zebedeo - No se impacienten. ¡En un momento ya está desplumada y en otro hervida!
Matías - ¡No, no, no haga eso, doña Salomé! No se moleste. Espérese...
Tomás - Tan-tan-tan-tan...
Zebedeo - ¿Cuál es el tan-tán de ahora?
Tomás - Tan-tampoco po-podemos comer carne.
Pedro - ¿Y... y por qué no pueden comer carne?
Matías - Porque estamos ayunando. Hasta que pase la fiesta de la Pascua, hemos prometido no probar un bocado de carne.
Tomas - Hay que hacer pe-pe-penitencia.

Todos nos quedamos en silencio, con los ojos clavados en el caldero humeante que nos tenía la boca hecha agua. Pero ninguno se atrevió a alargar la mano para servirse.

Santiago - Bueno, camaradas... Entonces... entonces vamos a pasar de la comida a la bebida, ¿no les parece? ¡Eso, vieja, trae un par de jarras de vino para celebrar este encuentro y... ¿Tampoco toman vino ustedes?
Tomas - Hemos jurado no pro-pro-probar una gota de vino hasta que el pro-pro-profeta Juan salga libre de la cárcel. Hay que hacer pe-pe-pe...
Zebedeo - Penitencia, claro. Hay que hacer penitencia. Ahora entiendo por qué a este muchacho se le quedó seca la lengua, ni come ni bebe.
Salomé - Cállate, Zebedeo, no seas maleducado. Son nuestros huéspedes.
Zebedeo - Claro, claro... y en mi casa los huéspedes mandan.

El ambiente se puso muy tenso. Todos bajamos los ojos y comenzamos a juguetear con los dedos entre las manos, o a rascarnos los pelos de la barba, o a comernos las uñas. Fue Jesús el que rompió aquel pesado silencio.

Jesús - Oiga, Salomé, esta sopa se va a enfriar, ¿verdad? Humm... ¡Huele riquísimo! A ver cómo sabe... “Los mejores dorados, los de Cafarnaum”... ¡Está bueno, sí, sabroso, caramba, muy sabroso!

Jesús había metido el cucharón en el caldero, había sacado del fondo un par de colas de pescado y se había llenado un plato de sopa hasta los bordes. Luego tomó una rueda de pan y empezó a comer como si tal cosa. Todos nos quedamos asombrados. Mi padre Zebedeo, desde la otra punta de la estera, miraba el plato de Jesús con la boca abierta y los ojos amarillos de envidia.

Jesús - Salomé, ¿me puede servir un poco de vino?

Jesús se estiró hacia el rincón donde estaba Salomé, que esperaba como una estatua, con una jarra de vino en cada mano.

Jesús - Tengo la garganta más seca que una teja. Ahhh... “El mejor vino, el de Cafarnaum”, hay que decir eso también. Sírvame un poco más, Salomé. Gracias...

Aquello acabó con la paciencia de mi padre...

Zebedeo - ¡Al diablo con todos ustedes! ¿Qué es lo que está pasando esta noche aquí, eh? ¿Se come o no se come?
Jesús - ¿Tú tienes hambre, Zebedeo?
Zebedeo - ¡Pues claro que tengo hambre! Siento ya unas agujas en la tripa. Punzadas, pinchazos, retortijones... ¡Y tú ahí, comiendo de lo más tranquilo, chupando hasta las espinas!
Jesús - Pues come tú también, hombre. ¿Quién te lo prohibe?
Zebedeo - Nadie, pero como este tipo vino con lo de que hay que hacer “pe-pe-penitencia”...
Salomé - ¡Zebedeo, no seas grosero con los invitados!
Zebedeo - Claro, claro, los invitados... claro. Todos estamos invitados a hacer penitencia para que el profeta Juan pueda salir del calabozo, ¿no es eso?
Jesús - Tomás, ¿y tú crees que el zorro Herodes lo va a soltar más pronto porque tú dejes de comer una cola de pescado?
Tomás - Herodes no, pe-pe-pero Dios...
Jesús - ¿Dios? Dios ya está contento cuando los ve a ustedes yendo y viniendo a la cárcel para visitar al profeta y llevarle lo que necesita.
Tomás - Eso no basta. Dios también manda castigar el cuerpo para pu-pu-purificar el espíritu.
Jesús - ¿Estás seguro que él manda eso? No sé, me parece que tú te imaginas a Dios muy... muy serio.
Salomé - ¿Y tú, Jesús, cómo te imaginas tú a Dios?
Jesús - No sé, más alegre. ¿Cómo te diré? Sí, eso, alegre. Muy alegre. Dígame, Salomé: ¿qué es lo más alegre que hay en el mundo?
Salomé - Para mí lo más alegre es una boda.
Jesús - Pues entonces Dios se parece a un novio. Al novio de esa boda. Y él nos invita a su fiesta. Y tú llegas y dices: no bailo, no como, no bebo, no río. Oye, ¿y para qué vino éste a la boda? ¡Qué invitados tan aburridos han venido a mi casa!
Zebedeo - ¡Bien dicho, Jesús! ¡Me quitas un peso de encima!
Pedro - Entonces, compañeros, ¡al ataque!
Tomás - ¡Un momento, un momento! La cosa no es tan-tan-tan sencilla.
Zebedeo - ¿Qué pasa ahora? Por el ombligo de Adán que no lo tuvo, ¿qué pasa ahora?
Matías - Ustedes hagan lo que quieran. Pero Juan el bautizador lo dijo bien claro, tan claro como el agua del río: ¡hay que convertirse, hay que arrepentirse, hay que sacrificarse!

Todos nos quedamos tiesos. Pedro, con el cucharón levantado. Andrés y Santiago, con las manos en el aire, alargadas hacia el caldero de la sopa. El viejo Zebedeo, que ya había mordido una cola, y se disponía a tragarla de un solo bocado, sintió un nudo en la garganta.

Tomás - Si no hacemos sacrificios, no po-po-podemos elevarnos hasta Dios.
Jesús - ¿Tú crees, Tomás? ¿Y cómo es que entonces los árboles crecen y se elevan hasta el cielo?
Tomás - No te-te-te entiendo, Jesús.
Jesús - Mira, te voy a contar una cosa que me pasó cuando era muchacho. Yo había sembrado frente a mi casa unas semillitas de naranja. Las semillas prendieron bien y la matita empezó a creer. Pero yo tenía prisa. Yo quería ver pronto la flor blanca del azahar y arrancar ya las naranjas maduras.

Rabino - Pero Jesús, chiquillo, ¿qué estás haciendo?
Niño - Tirando de la mata.
Rabino - Pero ¿no ves que es una matita muy pequeña?
Niño - Por eso mismo, rabino. Yo la estoy ayudando a crecer.
Rabino - Lo que estás es haciéndole daño. Con esos tirones la secarás. Déjala quieta. La naranja no necesita que pienses en ella ni que le tires de las ramas para crecer. Anda, ve a acostarte, que ya es tarde y la noche la hizo Dios para descansar.

Jesús - Y mientras yo dormía y mientras yo trabajaba, la matita se fue convirtiendo en árbol y el árbol dio flores y frutos a su tiempo.
Pedro - Entonces...
Jesús - Entonces, yo pienso que el Reino de Dios se parece a una semilla que crece y crece sin que nosotros estemos encima de ella dándole tirones: ayunos, promesas, penitencias... ¿No les parece que se puede acabar secando la matita?
Salomé - A mí lo que me parece, Jesús, es que la vida ya tiene bastantes sacrificios para que nos pongamos a inventar otros más.
Zebedeo - Sí, señor. Háblenle de ayuno a Don Eliazín y a todos esos ricachones. Que nosotros ya nos pasamos ayunando todo el año por cuenta de ellos. ¡Ea, muchachos, metan el cucharón antes de que esto se enfríe!
Tomás - ¡Un momento, un momento! Todavía no estoy con-con-convencido...
Zebedeo - Mira, lengua de trapo, acabemos de una vez, porque ya me tienes hasta el último pelo. ¿Nos dejas o no nos dejas comer? ¿Qué diablos pasa contigo, eh?
Tomás - Yo digo que-que-que...

En ese momento, el ciego Dimo se asomó por la puerta.

Dimo - ¡Que Dios bendiga la mesa y a todos los que están en ella! Doña Salomé, ¿no ha sobrado algún trozo de pan para este pobre infeliz?
Salomé - Hoy ha sobrado todo, viejo Dimo. ¿Qué quiere usted? ¿Pan, vino, pescado? Lo que usted prefiera.
Dimo - Bueno, pues si usted tiene a bien darme alguna cosita.
Salomé - Vamos, Dimo, entre y siéntese a la mesa con nosotros. Ya le voy a servir un buen plato de sopa.
Dimo - Gracias, gracias. ¡La verdad, mis hijos, que tengo un hambre!
Zebedeo - No será más grande que la mía, viejo. Pero de todas formas, que le aproveche.
Dimo - Gracias, mi’jo, gracias.
Zebedeo - Vaya, que los de fuera vienen, se sientan y comen. Y nosotros aquí, esperando a que este condenado tartamudo suelte su sermón. Se acabó, señores. Yo me largo a la taberna.
Jesús - No, Zebedeo, espérate. No hace falta que te vayas. ¿No te das cuenta? Tú ya cumpliste con el ayuno. Mira al viejo Dimo: éste es el ayuno que le gusta a Dios: compartir tu pan con el hambriento y recibir en tu casa a los que no tienen techo. Porque Dios no quiere que pasemos hambre, sino que luchemos para que otros no la pasen. Eso fue lo que predicó el profeta Juan y todos los profetas. ¿Verdad que sí, Tomás?
Tomás - Bueno, es que-que-que...
Pedro - ¡Que mientras éste arranca nosotros nos vamos sirviendo!

Y esta vez todos metimos el cucharón en el caldero grande. Jesús se llenó nuevamente el plato porque aquel día habla trabajado muy fuerte y tenía mucha hambre.(2) Y Matías y Tomás comieron pescado y bebieron vino y se rieron mucho con el viejo Dimo que empezó a hacer historias de cuando era pescador en el lago.



Mateo 9, 14-17; Marcos 2, 18-22 y 4, 26-29; Lucas 5, 33-39.
(vuelta atrás) (audio)

45 UNA PREGUNTA DESDE LA CÁRCEL


UNA PREGUNTA DESDE LA CÁRCEL
Comentarios


1. Del apóstol Tomás hablan poco los evangelios. Juan es el que lo nombra en más ocasiones, le da el sobrenombre de “el mellizo”, y lo presenta como un incrédulo.

2. De Matías se sabe por el libro de los Hechos de los Apóstoles que fue elegido en lugar de Judas para completar el grupo de los doce, después de la muerte de Jesús.

Juan, el profeta del desierto, seguía preso en la cárcel de Maqueronte. El rey Herodes no se atrevía a matarlo por miedo a una sublevación popular. Tampoco se atrevía a dejarlo en libertad por miedo a Herodías, su mujer. Y así, Juan llevaba meses sin ver la luz del sol, pudriéndose en una oscura y húmeda mazmorra, cerca de las montañas de Moab.

Matías - ¡Psst! ¡Carcelero!
Carcelero - ¿Otra vez ustedes?
Matías - Queremos ver al profeta.
Carcelero - Pero, ¿qué se han creído, eh? ¡Váyanse al infierno y déjenme en paz!
Tomás - Que-que-queremos llevarle algo de comida al pro-pro-profeta Juan.
Carcelero - Está prohibido. La ley es la ley.
Matías - ¿Cinco?
Carcelero - ¡Cinco! ¡Puah! ¡Arriesgar mi vida por cinco cochinos denarios!
Tomás - Uff... Te-te-te daremos siete. ¿De acuerdo?
Carcelero - Maldición con ustedes. Está bien, vengan las monedas. ¡Y tú, infeliz, ándate con cuidado! ¡Cualquier día te cortan la me¬dia lengua que te queda! ¡Y dense prisa, eh! ¡No quiero problemas!

Los dos discípulos de Juan caminaron por un estrecho y maloliente pasillo hasta llegar al calabozo…

Matías - Juan, Juan, ¡qué alegría verte!
Bautista - Tomás... Matías... ¡qué sorpresa! ¿Cómo pudieron entrar?
Matías - Bah, no te preocupes, siempre se encuentra un alma generosa.
Tomás - ¿Có-co-mo te sientes, Juan?
Bautista - No muy bien, Tomás. La enfermedad sigue mordiéndome por dentro. Escupo mucha sangre.
Matías - Te hemos traído algo de comer. Mira... No es mucho, pero... Y este jarabe de hojas de higuera, que dice una comadre mía que es muy bueno para aflojar los pulmones.
Bautista - Gracias. Si no fuera por ustedes, ¿qué sería de mí? Yo creo que hasta Dios se olvida de los presos.
Tomás - No hables así, Juan. Di-di-dinos lo que necesitas y haremos lo po-po-posible por conseguírtelo.
Bautista - Sí, quiero pedirles un favor. Algo muy importante para mí. Necesito... necesito saber si puedo morir tranquilo.
Matías - ¿Qué estás diciendo, Juan? Ten confianza. Herodes te soltará pronto. Tiene que hacerlo. La gente ha protestado mucho y...
Bautista - La gente se olvida de lo que no ve. Y a mí hace mucho tiempo que no me ven.
Matías - Pronto saldrás de aquí, estoy seguro. Volverás al río y la gente vendrá a escucharte y tú seguirás bautizando al pueblo de Israel.
Bautista - No, Matías, no. Esta enfermedad acabará antes conmigo. Me siento mal. Tengo los días contados.
Tomás - No di-di-digas eso, Juan.
Bautista - La muerte no me asusta, Tomás. Cuando empecé a hablar de justicia, ya sabía yo que esto acabaría... así. Ningún profeta muere en la cama. Pero no me importa. Hice lo que tenía que hacer.
Matías - Habla, Juan. ¿Qué es lo que quieres pedirnos?
Bautista - Allá en el Jordán, conocí a un galileo que vino a bautizarse. Quiero saber qué ha sido de él. Se llama Jesús. Y es de Nazaret. ¿Han oído algo de él?
Matías - Sí. Los rumores sobre ese tipo han llegado a Judea y hasta Jerusalén.
Tomás - Unos di-di-dicen que es un curandero.
Matías - Otros dicen que es un brujo. O un agitador.
Tomas - Algunos di-di-dicen que es un nuevo pro-profeta.
Bautista - A mí no me importa lo que diga la gente, sino lo que diga él. Necesito saber lo que está haciendo, lo que piensa.
Matías - ¿Quieres que lo vayamos a ver y te traigamos noticias suyas?
Bautista - Sí, eso es lo que quiero. Vayan a Galilea. Pero que nadie se entere. Sería peligroso para él y también para ustedes.
Tomás - Creo que-que-que es en Cafarnaum donde vive.
Bautista - Pues vayan allá. Y díganle esto de mi parte: Juan, el hijo de Zacarías, te pregunta: Tengo los días contados. ¿Puedo morir tranquilo? Sembré una semilla. ¿Alguien la regará? Tenía un hacha en las manos. ¿Alguien dan con ella el golpe necesario? Prendí una luz. ¿Alguien soplará la llama y encenderá el fuego? Díganle que estoy enfermo, que apenas tengo ya fuerzas ni voz para hablar. Grité, grité anunciando al Liberador... ¿Se ha perdido mi grito en el desierto?
Matías - ¿Algo más, Juan?
Bautista - Sí. Pregúntenle si tenemos que seguir esperando o... o si ya vino el que tenía que venir. ¡Ojalá no me haya ilusionado en vano!
Tomás - Hoy mismo vi-vi-viajaremos a Galilea.
Juan - Vayan pronto. Les prometo no morirme antes de que ustedes regresen.

Tomás(1) y Matías(2) habían sido del grupo de los discípulos de Juan, cuando el profeta del desierto gritaba allá, en la orilla del río. Ahora vivían en Jericó y siempre que podían iban a Maqueronte a visitarlo. Aquella misma mañana se pusieron en camino hacia el norte, hacia la Galilea de los gentiles, a cumplir el deseo del profeta encarcelado.

Tomás - Te-te-tenemos que andar con cautela, Matías. Las cosas van mal.
Matías - Y dilo. La verdad, no quisiera acabar como Juan y que mis huesos se pudrieran en un calabozo como ése.
Tomás - Ni yo tam-tam-tampoco. Debemos hablar po-po-poco con ese Jesús. Lo necesario solamente.
Matías - Bueno, por ese lado tú no vas a tener problemas.

Hicieron noche en Perea y luego en la Decápolis. Y al tercer día, llegaron a Tiberíades. Bordearon el lago y subieron hasta Cafarnaum.

Matías - Psst... Amigo, por favor, ¿sabe usted donde vive un tal Jesús, uno de Nazaret?
Un hombre - ¿Qué-que-que dicen?
Matías - No tengas miedo. Somos de confianza.
Tomás - Queremos saber dón-dón-dónde está el nazareno?
Hombre - Yo-yo-yo-yo...
Matías - Vámonos, Tomás. Este está peor que tú.

Preguntando aquí y allá, encontraron nuestra casa. Y mi madre Salomé les dijo que Jesús estaba por el embarcadero, como todas las tardes, esperando a que nosotros volviéramos de pescar. Tomás y Matías se acercaron por la espalda.

Matías - Psst... Oye tú...
Jesús - ¿Qué? ¿Es conmigo?
Tomás - Sí, es con-con-contigo.
Jesús - ¿Y qué pasa conmigo?
Tomás - ¿Quién eres tú?
Jesús - Eso digo yo: ¿quiénes son ustedes?
Matías - Venimos buscando a un tal Jesús, de Nazaret.
Jesús - Pues ya lo encontraron. Soy yo.
Tomás - ¿Seguro que-que-que eres tú?
Jesús - Hasta hoy estoy seguro. No sé si mañana cambiaré de idea.
Matías - Al fin te encontramos. Venimos del Sur.
Tomás - De-de-de Jericó.
Matías - Es decir, venimos de Maqueronte.
Jesús - ¿De Maqueronte?
Matías - ¡Shhh! No grites. Pueden oírnos. La situación está muy mala. Como la Pascua está cerca, hay más vigilancia que nunca.
Jesús - Pero, ¿es verdad que vienen de Maqueronte?
Matías - Sí, de allá mismo.
Jesús - ¿Son del grupo de Juan, amigos suyos?
Tomás - Sí. Hemos visto al pro-pro-profeta Juan en la cárcel.
Jesús - ¿Y cómo está él?
Matías - Está bien. Bueno, está mal. Está más blancuzco que un gusano después de tantos meses sin ver la luz del sol. Un hombre que era alto y fuerte como un cedro y ahora se ha vuelto un guiñapo. Han acabado con él.
Jesús - ¿Está enfermo?
Matías - Sí, muy enfermo. Escupe mucha sangre. No va a durar mucho.
Jesús - Necesito verlo antes que muera. ¿Hay alguna manera de ir allá y hablar con él?
Matías - Tú no podrías entrar. Enseguida te conocen que eres galileo. Y los galileos están muy fichados.
Tomás - Nosotros le damos unos denarios al car-car-carcelero y él nos deja pasar y conversar unos minutos con el pro-profeta.
Jesús - Yo tengo que ir allá. Necesito hablar con Juan y preguntarle algunas cosas.
Matías - Juan también quiere preguntarte algo a ti.
Jesús - ¿Me traen algún mensaje suyo?
Tomás - Sí. Juan nos manda a de-de-decirte: Tengo los días contados. ¿Pu-pu-puedo morir tranquilo?
Matías - Grité anunciando al Liberador. ¿Se ha perdido mi grito en el desierto? ¿Tenemos que seguir esperando o ya vino el que había de venir?

Jesús se quedó pensativo, con la mirada perdida en las piedras negras del embarcadero.

Tomás - ¿Qué le po-po-podemos decir a Juan de tu parte?
Jesús - Díganle que... que la cosa va bien. Lenta, pero bien. Hemos comenzado acá en Cafarnaum. Somos pocos todavía pero... pero anunciamos el Reino de Dios, luchamos contra las injusticias y tratamos de hacer algo para que las cosas cambien.
Tomás - Y la gente, ¿có-co-como reacciona?
Jesús - La gente va despertando. Los que estaban ciegos, han ido abriendo los ojos. Los que estaban sordos, han ido abriendo las orejas. Las que estaban derrotadas, sin esperanza, se levantan y echan a andar. Y los más pobres, los muertos de hambre, comparten lo poco que tienen y se ayudan unos a otros. El pue¬blo se va poniendo en pie, sí, el pueblo resucita.
Matías - ¿Quiénes se han unido a ustedes?
Jesús - Muchos. De ésos que siempre estuvieron atrás, claro. Díganle a Juan que en el Reino de Dios los últimos son los primeros que entran. Los que no tienen sitio en ninguna parte, los enfermos, las prostitutas, los publicanos, los leprosos, las más humilladas, los más pisoteados... ésos tienen un lugar con nosotros.
Tomás - ¿No han tenido pro-pro-problemas con la gente gorda?
Jesús - Sí, claro. Eso ya se sabe. El que los busca, los encuentra.
Matías - ¿Y entonces?
Jesús - Entonces, nada. Seguiremos adelante. Seguiremos anunciando a los pobres la buena noticia de la liberación. Que Dios está de nuestra parte. Que a Dios se le revuelve el corazón viendo cómo va este mundo de torcido y quiere enderezarlo.
Matías - Juan se alegrará de oír todas estas cosas. Se pondrá muy contento.
Jesús - Díganselo de mi parte. Díganle que el hacha no ha perdido el filo, que el fuego no se ha apagado, que su semilla dará el fruto a su tiempo. Juan entenderá. Juan es de los que sabe comprender el camino de Dios. Tiene buen olfato para eso. Estoy seguro que él no se desilusionará de lo que hemos hecho hasta ahora. Ni de lo que nos falta por hacer.

Pedro - ¡Eh, moreno, ya estamos aquí!
Matías - ¿Quiénes son ésos?
Jesús - Son de los del grupo que les dije.
Pedro - Caramba, ¿Y estos amigos? ¿quiénes son, Jesús?
Jesús - Oye, pues a la verdad, ni el nombre les he preguntado todavía.
Matías - Yo me llamo Matías.
Tomas - Y yo me llamo To-to-tomás.
Jesús - ¿Sabes, Pedro? Vienen de hablar con el profeta Juan, allá en la cárcel.
Pedro - ¿De veras? ¡Eh, muchachos, corran, hay noticias del profeta Juan!
Matías - Por Dios santo, no grites, mira que los guardias...
Pedro - ¡Al cuerno con los guardias! Ea, vámonos a tomar una buena sopa de pescado para que nos cuenten lo que saben del profeta Juan. ¡Que viva el movimiento!

Llegó Andrés. Llegó Santiago. Llegamos los de la otra barca, con el viejo Zebedeo. Y todos nos fuimos con Tomás y Matías a que nos contaran cómo estaban las cosas por el sur y por allá, por la cárcel de Maqueronte.



Mateo 11, 2-6; Lucas 7, 18-23.
(vuelta atrás) (audio)